s√°bado, 21 de febrero de 2015

Capítulo XXXIV



-Si de verdad piensas que despu√©s de decirme todo eso, voy a echarme atr√°s y a dejar que te enfrentes t√ļ sola a todo eso, est√°s muy equivocada Miri.
No me esperaba esa respuesta, y me quedé un par de segundos sin saber que decir.
-Gracias. Eso… Significa mucho para m√≠.- Dije finalmente, emocionada.
Esbozó una media sonrisa.
-Cuéntame.- Me animó en tono amable.
-Todo empez√≥…- Comenc√©, en tono calmado.- Bueno, no s√© muy bien cu√°ndo empez√≥ todo. Pero el principio de la historia con Marcos ya te la sabes. Ya sabes, su bipolaridad, y todo lo que hab√≠a entre nosotros al principio.
-Sí, esa parte la conozco.- Asintió.
-Bien. Bueno, digamos que a mediados de verano, empezaron a suceder cosas… extra√Īas. Quiero decir, m√°s de lo habitual.
-Explícate.
-Marcos estaba rarísimo, a veces entraba como en estado de shock sin motivo aparente, y justo después trataba de evitarme. Y descubrí que alguien estaba entrando a escondidas en el desván de casa de mis abuelos. Es un lugar secreto, descubrí que existía por casualidad hace un par de veranos, lo cual no hace más que quitarle sentido al asunto.- Hice una pausa para que fuese asimilando lo que la decía.- Pronto empecé a tener sospechas de que la persona que se colaba en mi casa era el tío de Marcos.
-¿C√≥mo es eso?- Dijo abriendo mucho los ojos.
-En realidad, no hab√≠a ninguna pista definitiva, sino peque√Īos detalles que combinados con lo raro que estaba Marcos ese verano, y con lo tirante que era la relaci√≥n de su t√≠o con mi madre, me hicieron descubrirle.
-¿Y al final era √©l?
Asentí, perdida en mis recuerdos.
-Pero hay más.- Proseguí.- Un día escuché a escondidas una conversación de Marcos con su tío, Axel.- Bajé la mirada. Eso había sonado un tanto psicópata.- Su tío le prohibió seguir viéndome. Bueno, más que verme, le prohibió estar conmigo de esa forma.
-¿Por qu√© hizo eso? ¿√Čl te conoc√≠a?
-Me había visto un par de veces. Pero en realidad se lo prohibió por su bien.- Me callé buscando la forma de decírselo sin sonar como si estuviese loca.
-Dime que no te hizo creer eso de verdad.- Exclamó en tono alarmado.
-Ya s√© como suena. Pero en verdad era por su bien. Lo √ļnico que hay cosas que son inevitables. Enamorarse, por ejemplo.- Desvi√© la mirada con una extra√Īa sensaci√≥n de melancol√≠a.- Carla, Marcos no es una persona normal. Y no se le permite enamorarse de alguien como yo.
-Vamos, dime que no me est√°s hablando en serio.- Dijo en tono incr√©dulo, visiblemente alterada.- ¿De verdad te han convencido de que no le mereces? Porque, y te lo digo en serio, si por mi fuera…
-No, no me refiero a eso.- La interrumpí.- No es que no le merezca. Es que Marcos no es del todo humano. Es un ángel.- Expliqué, por fin.
Contuve el aliento, expectante. La expresión de Carla varió en cuestión de segundos.
-¿Perd√≥n?
-Lo has o√≠do bien. Marcos es un √°ngel, como los de las leyendas y los libros que le√≠amos de ni√Īas. Un √°ngel que no puede enamorarse de una humana. Es una de las normas m√°s importantes en… su mundo.
-Jura que no es una broma.
-No es una broma, Carla. Aunque soy consciente de lo poco real que suena esto. Incluso a mí me costó hacerme a la idea de qué iba la cosa, a pesar de verlo con mis propios ojos.
Carla me sostuvo la mirada, como a la espera de que en cualquier momento me echase a reír diciendo que se lo había creído, pero guardé silencio.
-¿Tu Marcos? ¿El chico “perfecto” del que me has estado hablando sin parar desde los 14 a√Īos? ¿Ese Marcos es… un √°ngel?
Asentí, con una mueca. Incluso a mí me parecía ridículo no haber sabido nada hasta ahora.
-Te dije que no era normal lo guapo que era.- Bromeé, nerviosa.
Me dirigió una mirada de reproche.
-Hablo enserio. ¿A qu√© te refieres con √°ngel?
Medité la respuesta un momento.
-Supongo que criatura alada vinculada con el cielo que posee cualidades sobrenaturales.- Dije en el mismo tono que el que usaría si estuviera recitando una lección de historia.
-¿Y c√≥mo pudiste no darte cuenta de que ten√≠a… alas?- Inquiri√≥, en tono incr√©dulo.
-Obviamente, no tiene las alas siempre. Quiero decir, solo a veces las… extiende.
-Dios m√≠o.- Se qued√≥ callada unos segundos, como analizando todo lo que la acababa de contar. Por lo menos a√ļn no hab√≠a salido corriendo. Era una buena se√Īal.- Miriam, si esto es una broma, no tiene ninguna gracia, ¿me has o√≠do?
-Carla, te prometo que no es ninguna broma.- Dije mirándola a los ojos, muy seria.- Todo lo que te he dicho es verdad. Y es muy importante que no salga de aquí.
Silencio.
-¿No lo sabe nadie m√°s?- Pregunt√≥ finalmente. Aliviada, vi que me hab√≠a cre√≠do. Sab√≠a que era verdad.
-Bueno, no exactamente. Además la historia no acaba ahí.
-Ah, que hay m√°s…
Me encogí de hombros.
-Jake, un amigo de all√≠, me ayudaba a averiguar m√°s cosas. Pero un d√≠a… Bueno, se puso en peligro, y fue con sus padres a Par√≠s. Sin embargo, le siguieron y le atacaron. Por mi culpa.- A√Īad√≠ en tono amargo.
-No digas eso. Nada de eso es culpa tuya. De ninguna de las maneras nadie podr√≠a controlar una situaci√≥n as√≠. ¡Si ya cuesta cre√©rselo!- Replic√≥ con convencimiento.
-No lo s√©… Bueno, el caso es que Jake ten√≠a una especie de hechizo que le imped√≠a despertar. Desde entonces me dediqu√© a buscarle, pero el d√≠a de mi cumplea√Īos Axel me encontr√≥. Y con encontrarme estoy hablando de secuestrarme. Porque b√°sicamente eso fue lo que hizo.
-¡¿Te secuestr√≥ el d√≠a de tu cumplea√Īos?!- Carla ten√≠a cara de foto. Aunque no me extra√Īaba. Seg√ļn lo iba diciendo, me daba cuenta de lo poco real que sonaba la historia.
-Más o menos. Me encerró en una habitación dejándome solo un libro. Un libro que narraba la historia de los ángeles. Y tiene gracia, porque fue gracias a ese libro que conseguí salir de ahí.- Me corté, perdida en mis pensamientos. Carla esperó, expectante.- Pero no es solo eso. Otro amigo, Daniel, también fue secuestrado por intentar ayudarme, y le metieron en la misma habitación en la que estaba yo.
-¿Pas√≥ algo… entre vosotros?- Pregunt√≥ con cautela.
La miré sorprendida de que lo hubiera adivinado.
-M√°s o menos.- Asent√≠ despacio.- La cosa es que cuando nos enfrentamos a Axel, conseguimos… ganarle. Pero Daniel… Bueno, ha entrado en coma.- Se me cort√≥ la voz.
-¿C√≥mo en coma?- Dijo alarmada.
Sollocé al recordarlo.
-Está en estado grave en el hospital, por intentar ayudarme.- Me sequé las lágrimas. No debía llorar. No podía llorar. No era justo.
-Dios m√≠o, Miriam. Eso es… Incre√≠ble.
-Lo dices como si fuera algo bueno.- Dije en tono amargo, con los ojos enrojecidos.
-No bueno. Simplemente… bueno, eso, incre√≠ble. Y yo que me sent√≠a guay por haber estado este verano con Miguel.- Solt√≥ una carcajada sarc√°stica.
Esbocé una media sonrisa forzada, y enseguida se calló.
-Miguel es un chico normal. Ojal√° tuviera yo eso.
-Perdona que me r√≠a. La verdad, es que no tengo ni idea de que deber√≠a decir. ¿Sabes? Cuando me dijiste que me lo contar√≠as, me habr√≠a esperado cualquier cosa. No s√©, que tu novio era terrorista, que estabas embarazada… Ya sabes cosas normales. Pero, ¿eso?
Solté una amarga carcajada.
-No sé muy bien que habría sido peor.
-¿Lo saben tus padres?
-Creen que me escap√© de casa esas semanas. Aunque creo que mi madre s√≠ sospecha algo. Axel… La avis√≥, a su manera, con indirectas y amenazas. Pero no estoy segura de hasta d√≥nde sabe. Y mi padre no tiene ni idea. Aunque la verdad, lo prefiero as√≠.
-¿No te dijo nada tu madre al respecto?
-Me pidió que lo olvidara. Después de echarme la charla con mi padre, se retrasó un poco y me lo dijo.- Conté, rememorando la escena.

-Eso espero. Vamos ya a cenar, anda.- Dijo mi padre después de estar hablándolo un buen rato.
Ech√≥ a andar hacia la cocina, pero mi madre no le sigui√≥. Extra√Īada, empec√© a andar, pero me cogi√≥ del brazo dirigi√©ndome una mirada de gravedad.
-Miriam, no sabes lo preocupada que estaba por ti. Aunque s√© perfectamente que la culpa no es tuya- Asent√≠, extra√Īada.- No obstante, te pedir√© una cosa. Necesito que me prometas que vas a tratar de olvidar este verano. Que lo olvidar√°s para siempre.

-Hizo lo que creía que era mejor.
-No lo dudo.-Repuse.
-Y ahora, ¿qu√© se supone que vas a hacer?
-Lo primero, llamar a unos amigos de mi pueblo. Necesito saber cómo está Daniel.
-¿Y luego?
Suspiré. No lo sabía muy bien ni yo misma.
-Buscar√© a Sam. No s√© c√≥mo, pero pienso encontrarle.- Me mir√≥ sin saber de qu√© la hablaba. Desvi√© la mirada.- Sam tambi√©n ha desaparecido. Se le han llevado… por m√≠.
-¿C√≥mo sabes que es por ti?
-Recib√≠ un mensaje. Deb√≠a ir a la laguna de Doni√Īos anoche, pero llegu√© demasiado tarde. Cuando fui, ya no estaba.
-Miriam, es una trampa. Pretenden manipularte, volverte loca hasta que al final decidas rendirte. Tienes… poder, pero no pueden obligarte a usarlo si no quieres.
-S√≠ pueden. De hecho, ya se est√°n preparando. Pueden ir llev√°ndose uno a uno a todos mis seres queridos, hasta que no pueda m√°s. No s√© qui√©n est√° detr√°s de todo esto, pero desde luego no merece llamarse √°ngel.- A√Īad√≠ en tono cansado.
*    *    *
Cuando volví a casa, me sentía agotada. Y terriblemente deprimida. Contar la historia, revivirla una vez más, solo me había servido para rememorar cada horrible detalle de una historia para la que parecía imposible encontrar un final feliz.
Me dejé caer en la cama, mientras me quedaba mirando el techo. Un techo en el que había visto miles de cuentos de hadas en los que yo era la protagonista. Y ahora solo lo veía de un austero color blanco.
Supongo que cuando la realidad supera con creces a los sue√Īos, pierde parte del sentido seguir so√Īando. Aunque la realidad sea dolorosa.
Cog√≠ mi m√≥vil y marqu√© el n√ļmero de Sara. Me lo sab√≠a de memoria desde los 14 a√Īos.
Sonaron dos pitidos antes de que lo cogiera.
-Hola.- Salud√≥ en un tono a√ļn m√°s desanimado que el que deb√≠a de tener yo.
-Hola.- Respondí con un mal presentimiento.
-¿C√≥mo est√°s, nena?
-¿La verdad? Echa mierda. Pero no quiero hablar de eso. ¿T√ļ est√°s bien?
-¿La verdad? No. Pero prefiero no hablarlo.
-¿Es Jake?
-No, Jake est√° bien, y la verdad, me est√° ayudando mucho √ļltimamente. No te puedes imaginar lo que me alegro de haberle encontrado. Quiero decir… Bueno, ya me entiendes.
-Sí.- Respondí sin poder evitar sentir cierta envidia. Ojalá pudiese decir yo lo mismo de alguien. Suspiré.- Lo cierto es que llamaba para preguntarte por Daniel.
Hubo dos segundos de vacilación que no consiguieron más que alterarme.
-Sigue grave.
-¿C√≥mo de grave? Quiero decir, ¿estaba estable, no?- Pasaron un par de segundos.- ¿Qu√© ha ocurrido, Sara?
-Ayer fuimos al hospital, Miriam. No saben muy bien qué ha pasado, pero ha empeorado. Dicen que se encuentra en estado crítico.
Sentí que se me echaba el mundo encima.
-Los m√©dicos…
-Miriam, no te preocupes. La esperanza es lo √ļltimo que se pierde, ¿recuerdas?
-Hace mucho que yo no tengo de eso.- Repliqu√©, a√ļn conmocionada por la noticia.
-No digas eso.
-Es la verdad.- Me encog√≠ de hombros.- Sara… Gracias por no mentirme.
-Ya sabes que siempre prefiero la verdad, aunque duela.- Repuso.
-A√ļn as√≠. Espero verte pronto, Sari.
-Yo también. Un besazo. Y ni se te ocurra deprimirte.
“Demasiado tarde”
-Igualmente, otro beso.
Colgu√© el auricular desconsolada. ¿Es que nada pod√≠a irme bien?
Daniel. Se había arriesgado por mí, y estaba a punto de perder. Necesitaba verle, y convencerme de que todo iba a ir bien. Me sentía impotente estando a tantos kilómetros de él.
Bajé las escaleras de mi casa corriendo. Mi madre no estaba, y mi padre estaba colocando la compra.
-Pap√°, necesito ir a Madrid.
-¿C√≥mo que necesitas ir a Madrid? Miriam, falta un mes para ir en Navidades.
-Tengo que ir a Madrid lo antes posible, pap√°. Es de vital importancia.- Dije en tono urgente.
-No digas tonter√≠as. Tienes ex√°menes y ma√Īana ya es lunes. ¿Cu√°ndo pretendes ir a Madrid?
-Hoy. Ya. O ma√Īana, o el fin de semana.- Expuse, nerviosa.
-Vamos, Miriam. Claro que no vamos a ir a Madrid.
-Papá.- Urgí.
-Pero que no. Es imposible. Olv√≠dalo, ¿vale? No te va a pasar nada por esperar un mes.
Puede que a m√≠ no, pero no s√© qu√© ser√° de Daniel para entonces”
-Muy bien. Pues me voy yo.
-¿C√≥mo vas a ir t√ļ? D√©jalo ya, anda.
Enfadada, me fui corriendo y me cerré en mi cuarto de un portazo. En el fondo era consciente de que la respuesta era la que cabía de esperar, y que lo raro hubiera sido obtener permiso, pero eso no significaba que fuera a aceptarlo.
Cogí mi mochila saco y metí cuatro cosas sueltas que vi en el armario, mi neceser, el cargador, la cartera y el móvil.
Comprobé el dinero que llevaba. Tenía cincuenta euros. Esperaba que me diese, al menos para el billete de ida.
Sabía que era una locura, pero algo me decía que debía ir. No podía quedarme aquí, perdiendo la oportunidad de arreglar las cosas, una vez más.
Bajé las escaleras sin hacer ruido, y salí de casa. No sé si mi padre se dio cuenta o no, pero no me paré a averiguarlo.
Nada más poner un pie en la calle, eché a correr hacia la estación de tren.
*    *    *
Tardé diez minutos en llegar, y cuando por fin me puse en la cola para sacar los tickets, estaba casi con la lengua fuera. Había decidido que era mejor actuar deprisa. Así no me daba tiempo de arrepentirme, y cada segundo que pasaba, Daniel podía estar empeorando.
Miré el reloj constantemente. Faltaban veinte minutos para que saliera el tren con destino a Madrid.
Por fin, me llegó el turno.
-Buenos días. Quería un billete para Madrid, en el próximo tren.- Pedí, atropelladamente.
-De acuerdo. Nos quedan varios asientos a√ļn. ¿Tiene alguna identificaci√≥n?- Le mostr√© mi DNI nerviosa. No estaba segura de poder comprarlo siendo menor.- ¿C√≥mo va a efectuar el pago?- Pregunt√≥ despu√©s de estudiarlo unos segundos e introducir unos datos en su ordenador.
-En efectivo.
-El billete de ida le costar√≠a 24€, con el carn√© joven se le quedar√≠a en 21’50€. E ida y vuelta ser√≠an 38€ con el descuento.
-Ida y vuelta, por favor.
-¿Cu√°ndo ser√° la vuelta?
-Ma√Īana.
Pareci√≥ extra√Īada, pero procedi√≥ a imprimir el billete.
-¿Puede abonarme el importe y firmar aqu√≠?
-Claro.
Saqu√© el billete de 50€ y se lo tend√≠. Mientras cog√≠a el cambio, firm√© el papel que me tend√≠a.
Cogí el dinero, y me despedí. Quedaban siete minutos para que saliera el tren.
Casi corriendo, consult√© el billete para saber en qu√© v√≠a era. No tard√© en encontrarlo, era una estaci√≥n muy peque√Īa. Me sub√≠ al vag√≥n sin poder evitar el nerviosismo.
Hasta que no estuve sentada en mi asiento, no le di dos vueltas a lo que iba a hacer. Dios, era una aut√©ntica locura. Adem√°s, ¿de qu√© le iba a servir a Daniel que estuviera all√≠?
Estaba empezando a arrepentirme cuando sonó el pitido que indicaba que se cerraban las puertas. Arrancó el tren. Ya no había vuelta atrás.



miércoles, 11 de febrero de 2015

Capítulo XXXIII



Cuando me desperté, me di cuenta de que increíblemente no había tenido ninguna pesadilla, y de que había dormido del tirón, algo que no podía decir desde hacía bastante.
Me incorporé en la cama, y fui hacia la ventana. La abrí para que se ventilara mi cuarto, y una ráfaga de aire helado me dio de lleno en la cara. Me recorrió un escalofrío.
Ya empezaba a hacer frío, faltaba poco para entrar en el invierno.
Invierno… Odio el invierno. Fr√≠o, lluvia e instituto. Eran las tres palabras que lo defin√≠an, y resultaba bastante deprimente.
Además, tenía un montón de cosas que estudiar, y casi no había empezado.
Pasó por mi cabeza el pensamiento de Sam, pero traté de alejarlo inmediatamente. Dicen que al final, siempre encuentras las cosas cuando dejas de buscarlas, y aunque dudo mucho que eso pueda aplicarse a mi caso, ya estaba perdiendo bastante tiempo y empeorando las cosas cuando buscaba pistas. Tal vez sería mejor esperar acontecimientos durante una temporada.
Fui hacia mi escritorio, donde ten√≠a la carta del personaje misterioso entre otras cosas. Una amarga sensaci√≥n de culpa me recorri√≥. Tras unos segundos, la agarr√© con determinaci√≥n y cog√≠ tambi√©n mi peque√Īo neceser negro del fondo de un caj√≥n.
Entonces, saqu√© un cuaderno de hojas sin cuadr√≠cula que me hab√≠a regalado mi t√≠a por mi cumplea√Īos, y cog√≠ un bol√≠grafo. Empec√© a escribir. Empec√© a escribir una especie de diario sobre todo lo que me hab√≠a pasado y c√≥mo me hab√≠a sentido. Sin embargo, no escrib√≠ un solo nombre. Me limit√© a poner lo que hab√≠a sentido, y lo que sent√≠a.

Ya hace mucho tiempo desde aquello, pero el recuerdo de ese d√≠a me persigue desde entonces. Durante a√Īos, hab√≠amos sido t√ļ y yo, yo y t√ļ. Puede que ya no fu√©ramos nada, pero desde luego nos trat√°bamos como algo. Y sin embargo, a pesar de que lo hab√≠amos dado todo el uno por el otro, aquel d√≠a la preferiste a ella. No es que te culpe. S√© que eres libre de sentir lo que quieras, y de hacer lo que te plazca. Solo s√© que aquel d√≠a, fue como si muriese una parte de m√≠. En ese momento, en aquella azotea, supe lo que duele un simple beso.
Dicen que los peores celos son los que no puedes reclamar. No podr√≠a estar m√°s de acuerdo. Y a pesar de todo, te los reclam√©, te recrimin√© y te odi√©. A pesar de que te√≥ricamente no me deb√≠as nada, sent√≠a que ya nada podr√≠a romper aquello que se hubiera creado entre nosotros. Y t√ļ lo hiciste. En mil pedazos.
No es que te haya olvidado, ni mucho menos; de hecho, sé que nunca te habrás ido por completo. Pero lo que también sé, es que nada volverá a ser igual entre nosotros, nunca más.
Tambi√©n pensaba que nunca podr√≠a… volver a enamorarme. O simplemente volver a sentir por nadie algo, ¿parecido? Sin embargo, entonces, aparece √©l, en apariencia perfecto, que me apoya y me anima, pero que no me hace temblar, como hac√≠as t√ļ cada vez que me rozabas.
Y entonces, tambi√©n a √©l le pierdo. Rectifico, no le pierdo. Me le quitan. Se le llevan con un sentimiento de venganza que no soy capaz de entender. ¿Venganza de qui√©n?
Lo √ļnico que s√© ahora mismo, es que quisiera no haberte conocido, pero a la vez, no cambiar√≠a por nada los momentos vividos junto a ti.
Solo sé que estoy intentando olvidar, pero con miedo al olvido.
Dej√© el bol√≠grafo encima de la mesa, con una extra√Īa sensaci√≥n de… ¿deliberaci√≥n?
Hacía tiempo que prefería no ponerle etiqueta a mis sentimientos.
Arranqué la hoja del cuaderno, y la doblé por la mitad. La puse con la otra carta, y me levanté de la silla.
Sin embargo, antes de llegar a la puerta me paré en seco. Tal vez sería mejor que antes de hacer nada me cambiara.
R√°pidamente, agarr√© unos leggins negros y una sudadera gris de mi armario y fui al ba√Īo a ducharme. En diez minutos, estaba vestida y lista para salir.
Metí en una mochila saco el neceser y la carta, además de mi monedero y el móvil. No iba a tardar mucho, pero prefería llevarlos por si acaso.
Cuando bajé, mi madre estaba trabajando en su ordenador.
-Buenos d√≠as cari√Īo.- Salud√≥ en tono amigable.- Te has levantado muy pronto para haber salido anoche, ¿no?
Me encogí de hombros.
-¿Y pap√°?
-Ha salido un momento a comprar el pan y el periódico.
-Ah. Yo tambi√©n voy a salir un momento, ¿vale?
-¿Y eso?
-Tengo que llevarle una cosa a Carla, y quiero comprar chicles.- Dije, a√ļn sabiendo lo raro que sonaba como excusa.
Mi madre sin embargo, devolvió la vista al ordenador.
-Bueno, pero no tardes mucho, que cada vez pasas menos tiempo con nosotros.
-Mam√°…- Empec√© inc√≥moda, pero enseguida me cort√≥.
-No te preocupes. Venga, anda, que igual ya te est√° esperando Carla.
Dudosa, cogí mi parka corta de color verde, y salí de casa.
Por el camino, un pensamiento vino a mi mente. Hoy hac√≠an justo cuatro meses desde aquel nefasto d√≠a en el que cambiaron tantas cosas. El mismo d√≠a en que vi a Marcos con Julia, el mismo d√≠a en que Daniel se qued√≥ as√≠…
Fue el 15 de agosto, lo recordaba perfectamente. Era también la fecha en que Sara y Jake empezaron a salir.
Me dije que después les felicitaría por cumplir otro mes.
Pensativa, llegué hasta el puerto. Era el lugar del muelle donde había quedado con Sam el día que me llevó en barca a aquella increíble playa, donde estaba esa cueva.
Algo me dijo que era el lugar correcto.
No había nadie por aquí; era muy temprano, y los pescadores solían descansar los domingos.
Me acerqué al mar, y me senté en el borde del embarcadero, con los pies colgando sobre el agua.
Cerr√© los ojos, recordando de nuevo aquel d√≠a, tambi√©n el √ļltimo momento en que vi los ojos verdes de Daniel.
Cuando volv√≠ a abrirlos, los not√© h√ļmedos. Sin embargo, no cay√≥ una sola l√°grima. Ya no.
Cogí las cartas, la que me había enviado el anónimo, y la que le había escrito a Marcos, la primera de otras que nunca leería.
Saqué también mi neceser negro. Dentro había dos cigarros y un mechero verde claro.
Cogí el mechero y lo prendí. Observé la llama unos segundos y la acerqué a la carta que me había enviado el anónimo. No tardó en arder, y la solté hasta que cayó al agua, unos metros más allá.
Despu√©s, cog√≠ la carta para Marcos. Tragu√© saliva. La rele√≠ una √ļltima vez, apret√°ndola fuerte contra mi pecho, con los ojos cerrados.
Entonces, prendí por segunda vez el mechero, acercándolo lentamente a la hoja que contenía todo lo que sentía.
La llama no tardó en empezar a consumir la hoja, convirtiéndola lentamente en cenizas, destruyendo las palabras que siempre estarían grabadas en mi mente.
Solté la hoja un segundo antes de que la llama alcanzara el lugar donde antes estaban mis dedos. Y el recuerdo se lo llevó el viento.
*     *     *
Pasaron unos minutos hasta que por fin me levanté y emprendí el camino de vuelta.
Ten√≠a una extra√Īa sensaci√≥n encima. Puede que sonase como una tonter√≠a, pero el haber quemado mis recuerdos para que se los llevase el viento me hab√≠a dejado… como si me faltase algo.
Y increíblemente, también más tranquila.
En el camino de vuelta a casa, tampoco me cruc√© con nadie, pero esta vez me fij√© m√°s en el camino que recorr√≠a, me sent√≠a menos… apesadumbrada.
S√© que parece una estupidez, pero hab√≠a sido como una peque√Īa liberaci√≥n.
Loving can hurt,
Loving can hurt sometimes
But it’s the only thing that I know
When it gets hard
You know it can get hard sometimes
It’s the only thing that makes us feel alive
Era Carla. Mala se√Īal.
-¿S√≠?- Respond√≠ con el ce√Īo fruncido por la preocupaci√≥n.
-Miriam. ¿D√≥nde est√°s?
-Estoy por la calle de mi casa, llegando, ¿por qu√©?
-Me ha llamado tu madre. Quería comprobar si estabas conmigo.
Mierda. Si siempre se fiaba de mí. Me mordí el labio.
-¿Qu√© la has dicho?- Pregunt√© tras unos segundos, inquieta.
-La he dicho que sí.- Respondió secamente. Suspiré aliviada.
-Gracias, Carla. De verdad,…
-¿Se puede saber en qu√© andas metida, Miriam? Desde verano est√°s… rar√≠sima. Y no solo porque ya no me llames, ni me cuentes absolutamente nada, entiendo que las cosas cambien, pero no solo es eso. He estado hablando con Marina y Alba el otro d√≠a. No soy de las que juzgan por la gente con la que sales, pero no s√©… Ese tal Lucas no parece buena gente. Y Sam, tu novio, o lo que quiera que sea, que falta m√°s a clase que otra cosa. Y…
-No me puedo creer que hayas dicho eso.- La interrumpí con expresión incrédula.- Sé perfectamente que no soy la misma que hace unos meses. Pero no he cambiado. He aprendido. Y aprender no es cambiar, es crecer. Y para no ser de las que juzgan por la gente con la que salgo o dejo de salir, no te has quedado corta. Y no conoces a ninguno de los dos, así que no vuelvas a hablar de ellos sin tener ni idea de su vida ni sus circunstancias. Puedes saber su nombre, pero no tienes ni idea de su historia.
Pasaron unos incómodos segundos de silencio, mientras Carla asimilaba lo que la acababa de decir y yo me tranquilizaba.
-Lo siento.- Dijo en tono √°spero, para mi sorpresa.- Tienes raz√≥n. Es solo…- Le tembl√≥ la voz.- Cuando tu madre me ha llamado para preguntarme si estaba contigo… Hace unos meses, me habr√≠as contado lo que quiera que te traigas entre manos, puede que incluso te hubiera ayudado. Y sin embargo, ahora he tenido que mentir sin saber ni siquiera por qu√©.
No me esperaba su respuesta, y menos con el tono con que lo dijo. Como si de verdad la hubiese dolido que no hubiese contado con ella desde hacía tanto tiempo.
-Supongo que cuando ya te han fallado tantas veces, cuesta volver a confiar en las personas…- Respond√≠ encogi√©ndome de hombros.- Y cuando te han decepcionado tantas veces por esperar demasiado de ellas, cuesta creer que hay gente que s√≠ que est√° ah√≠. Para todo.
-Miriam…
-Si quieres, quedamos en diez minutos en la plaza de al lado de tu casa. Si de verdad quieres oír lo que tengo que contarte.
-Claro.- Respondió con convencimiento, aliviada en cierto modo.
Colgu√©. Ten√≠a gracia. Para un d√≠a con el que me despertaba con el prop√≥sito de olvidar… Y precisamente por ello, acababa confi√°ndoselo todo a alguien m√°s.
Por el camino a la plaza, dud√© un par de veces. La √ļltima persona a la que se lo hab√≠a contado, me hab√≠a llamado loca y hab√≠a salido corriendo. Y otra hab√≠a acabado en coma.
Tal vez no era buena idea. De cuatro personas a las que se lo había confiado, dos habían salido mal parados.
Sin embargo, intenté convencerme de que con Carla sería distinto. Tenía que serlo.
En el fondo, sabía que lo que quería era un consejo. Necesitaba alguien que me dijese que todo iba a salir bien, que todo iba a arreglarse, y que nada de esto era culpa mía. Aunque supiese que era mentira. Necesitaba convencerme de ello, aunque solo fuera por unos segundos.
Alguien que me dijese cómo actuar, qué hacer para no cagarla, como de costumbre. Era la primera vez que me encontraba en una situación de este calibre, y tenía la sensación de que todo lo que hacía, no hacía más que empeorar las cosas.
Llegué a la plaza. Carla estaba esperándome sentada en un banco.
-Buenos días.- Saludé con dos besos, tras dudar un momento.
-Buenos días.- Respondió. Ella tampoco parecía demasiado cómoda.
-¿C√≥mo est√°s?- Pregunt√©, m√°s por educaci√≥n que por inter√©s.
-Bien, supongo. Pero no es de mí de quien tenemos que hablar.
Suspiré.
-Carla, antes de nada, tengo que decirte que lo que tengo que contarte no… Bueno, no te lo vas a esperar, eso seguro. Y que puede ponerte en peligro.- Abri√≥ la boca, pero antes de que dijese nada, segu√≠ hablando.- Ya s√© que suena raro, pero cr√©eme que es as√≠. Y una vez que lo sepas… Pueden cambiar algunas cosas, y te aseguro que no a mejor.
Me mord√≠ el labio inquieta. Tal y como se lo hab√≠a planteado, ni yo me lo pensar√≠a. Pero hab√≠a hecho un trato conmigo misma. Quer√≠a cont√°rselo. Necesitaba cont√°rselo a alguien que me ofreciese una soluci√≥n real, en lugar de criticarme o sentir l√°stima por m√≠. Pero antes deb√≠a advertirla sobre las posibles consecuencias. Y si a√ļn as√≠ aceptaba, no habr√≠a m√°s vueltas que darle. Ya sabr√≠a a lo que se enfrentaba.