miércoles, 11 de febrero de 2015

Capítulo XXXIII



Cuando me desperté, me di cuenta de que increíblemente no había tenido ninguna pesadilla, y de que había dormido del tirón, algo que no podía decir desde hacía bastante.
Me incorporé en la cama, y fui hacia la ventana. La abrí para que se ventilara mi cuarto, y una ráfaga de aire helado me dio de lleno en la cara. Me recorrió un escalofrío.
Ya empezaba a hacer frío, faltaba poco para entrar en el invierno.
Invierno… Odio el invierno. Fr√≠o, lluvia e instituto. Eran las tres palabras que lo defin√≠an, y resultaba bastante deprimente.
Además, tenía un montón de cosas que estudiar, y casi no había empezado.
Pasó por mi cabeza el pensamiento de Sam, pero traté de alejarlo inmediatamente. Dicen que al final, siempre encuentras las cosas cuando dejas de buscarlas, y aunque dudo mucho que eso pueda aplicarse a mi caso, ya estaba perdiendo bastante tiempo y empeorando las cosas cuando buscaba pistas. Tal vez sería mejor esperar acontecimientos durante una temporada.
Fui hacia mi escritorio, donde ten√≠a la carta del personaje misterioso entre otras cosas. Una amarga sensaci√≥n de culpa me recorri√≥. Tras unos segundos, la agarr√© con determinaci√≥n y cog√≠ tambi√©n mi peque√Īo neceser negro del fondo de un caj√≥n.
Entonces, saqu√© un cuaderno de hojas sin cuadr√≠cula que me hab√≠a regalado mi t√≠a por mi cumplea√Īos, y cog√≠ un bol√≠grafo. Empec√© a escribir. Empec√© a escribir una especie de diario sobre todo lo que me hab√≠a pasado y c√≥mo me hab√≠a sentido. Sin embargo, no escrib√≠ un solo nombre. Me limit√© a poner lo que hab√≠a sentido, y lo que sent√≠a.

Ya hace mucho tiempo desde aquello, pero el recuerdo de ese d√≠a me persigue desde entonces. Durante a√Īos, hab√≠amos sido t√ļ y yo, yo y t√ļ. Puede que ya no fu√©ramos nada, pero desde luego nos trat√°bamos como algo. Y sin embargo, a pesar de que lo hab√≠amos dado todo el uno por el otro, aquel d√≠a la preferiste a ella. No es que te culpe. S√© que eres libre de sentir lo que quieras, y de hacer lo que te plazca. Solo s√© que aquel d√≠a, fue como si muriese una parte de m√≠. En ese momento, en aquella azotea, supe lo que duele un simple beso.
Dicen que los peores celos son los que no puedes reclamar. No podr√≠a estar m√°s de acuerdo. Y a pesar de todo, te los reclam√©, te recrimin√© y te odi√©. A pesar de que te√≥ricamente no me deb√≠as nada, sent√≠a que ya nada podr√≠a romper aquello que se hubiera creado entre nosotros. Y t√ļ lo hiciste. En mil pedazos.
No es que te haya olvidado, ni mucho menos; de hecho, sé que nunca te habrás ido por completo. Pero lo que también sé, es que nada volverá a ser igual entre nosotros, nunca más.
Tambi√©n pensaba que nunca podr√≠a… volver a enamorarme. O simplemente volver a sentir por nadie algo, ¿parecido? Sin embargo, entonces, aparece √©l, en apariencia perfecto, que me apoya y me anima, pero que no me hace temblar, como hac√≠as t√ļ cada vez que me rozabas.
Y entonces, tambi√©n a √©l le pierdo. Rectifico, no le pierdo. Me le quitan. Se le llevan con un sentimiento de venganza que no soy capaz de entender. ¿Venganza de qui√©n?
Lo √ļnico que s√© ahora mismo, es que quisiera no haberte conocido, pero a la vez, no cambiar√≠a por nada los momentos vividos junto a ti.
Solo sé que estoy intentando olvidar, pero con miedo al olvido.
Dej√© el bol√≠grafo encima de la mesa, con una extra√Īa sensaci√≥n de… ¿deliberaci√≥n?
Hacía tiempo que prefería no ponerle etiqueta a mis sentimientos.
Arranqué la hoja del cuaderno, y la doblé por la mitad. La puse con la otra carta, y me levanté de la silla.
Sin embargo, antes de llegar a la puerta me paré en seco. Tal vez sería mejor que antes de hacer nada me cambiara.
R√°pidamente, agarr√© unos leggins negros y una sudadera gris de mi armario y fui al ba√Īo a ducharme. En diez minutos, estaba vestida y lista para salir.
Metí en una mochila saco el neceser y la carta, además de mi monedero y el móvil. No iba a tardar mucho, pero prefería llevarlos por si acaso.
Cuando bajé, mi madre estaba trabajando en su ordenador.
-Buenos d√≠as cari√Īo.- Salud√≥ en tono amigable.- Te has levantado muy pronto para haber salido anoche, ¿no?
Me encogí de hombros.
-¿Y pap√°?
-Ha salido un momento a comprar el pan y el periódico.
-Ah. Yo tambi√©n voy a salir un momento, ¿vale?
-¿Y eso?
-Tengo que llevarle una cosa a Carla, y quiero comprar chicles.- Dije, a√ļn sabiendo lo raro que sonaba como excusa.
Mi madre sin embargo, devolvió la vista al ordenador.
-Bueno, pero no tardes mucho, que cada vez pasas menos tiempo con nosotros.
-Mam√°…- Empec√© inc√≥moda, pero enseguida me cort√≥.
-No te preocupes. Venga, anda, que igual ya te est√° esperando Carla.
Dudosa, cogí mi parka corta de color verde, y salí de casa.
Por el camino, un pensamiento vino a mi mente. Hoy hac√≠an justo cuatro meses desde aquel nefasto d√≠a en el que cambiaron tantas cosas. El mismo d√≠a en que vi a Marcos con Julia, el mismo d√≠a en que Daniel se qued√≥ as√≠…
Fue el 15 de agosto, lo recordaba perfectamente. Era también la fecha en que Sara y Jake empezaron a salir.
Me dije que después les felicitaría por cumplir otro mes.
Pensativa, llegué hasta el puerto. Era el lugar del muelle donde había quedado con Sam el día que me llevó en barca a aquella increíble playa, donde estaba esa cueva.
Algo me dijo que era el lugar correcto.
No había nadie por aquí; era muy temprano, y los pescadores solían descansar los domingos.
Me acerqué al mar, y me senté en el borde del embarcadero, con los pies colgando sobre el agua.
Cerr√© los ojos, recordando de nuevo aquel d√≠a, tambi√©n el √ļltimo momento en que vi los ojos verdes de Daniel.
Cuando volv√≠ a abrirlos, los not√© h√ļmedos. Sin embargo, no cay√≥ una sola l√°grima. Ya no.
Cogí las cartas, la que me había enviado el anónimo, y la que le había escrito a Marcos, la primera de otras que nunca leería.
Saqué también mi neceser negro. Dentro había dos cigarros y un mechero verde claro.
Cogí el mechero y lo prendí. Observé la llama unos segundos y la acerqué a la carta que me había enviado el anónimo. No tardó en arder, y la solté hasta que cayó al agua, unos metros más allá.
Despu√©s, cog√≠ la carta para Marcos. Tragu√© saliva. La rele√≠ una √ļltima vez, apret√°ndola fuerte contra mi pecho, con los ojos cerrados.
Entonces, prendí por segunda vez el mechero, acercándolo lentamente a la hoja que contenía todo lo que sentía.
La llama no tardó en empezar a consumir la hoja, convirtiéndola lentamente en cenizas, destruyendo las palabras que siempre estarían grabadas en mi mente.
Solté la hoja un segundo antes de que la llama alcanzara el lugar donde antes estaban mis dedos. Y el recuerdo se lo llevó el viento.
*     *     *
Pasaron unos minutos hasta que por fin me levanté y emprendí el camino de vuelta.
Ten√≠a una extra√Īa sensaci√≥n encima. Puede que sonase como una tonter√≠a, pero el haber quemado mis recuerdos para que se los llevase el viento me hab√≠a dejado… como si me faltase algo.
Y increíblemente, también más tranquila.
En el camino de vuelta a casa, tampoco me cruc√© con nadie, pero esta vez me fij√© m√°s en el camino que recorr√≠a, me sent√≠a menos… apesadumbrada.
S√© que parece una estupidez, pero hab√≠a sido como una peque√Īa liberaci√≥n.
Loving can hurt,
Loving can hurt sometimes
But it’s the only thing that I know
When it gets hard
You know it can get hard sometimes
It’s the only thing that makes us feel alive
Era Carla. Mala se√Īal.
-¿S√≠?- Respond√≠ con el ce√Īo fruncido por la preocupaci√≥n.
-Miriam. ¿D√≥nde est√°s?
-Estoy por la calle de mi casa, llegando, ¿por qu√©?
-Me ha llamado tu madre. Quería comprobar si estabas conmigo.
Mierda. Si siempre se fiaba de mí. Me mordí el labio.
-¿Qu√© la has dicho?- Pregunt√© tras unos segundos, inquieta.
-La he dicho que sí.- Respondió secamente. Suspiré aliviada.
-Gracias, Carla. De verdad,…
-¿Se puede saber en qu√© andas metida, Miriam? Desde verano est√°s… rar√≠sima. Y no solo porque ya no me llames, ni me cuentes absolutamente nada, entiendo que las cosas cambien, pero no solo es eso. He estado hablando con Marina y Alba el otro d√≠a. No soy de las que juzgan por la gente con la que sales, pero no s√©… Ese tal Lucas no parece buena gente. Y Sam, tu novio, o lo que quiera que sea, que falta m√°s a clase que otra cosa. Y…
-No me puedo creer que hayas dicho eso.- La interrumpí con expresión incrédula.- Sé perfectamente que no soy la misma que hace unos meses. Pero no he cambiado. He aprendido. Y aprender no es cambiar, es crecer. Y para no ser de las que juzgan por la gente con la que salgo o dejo de salir, no te has quedado corta. Y no conoces a ninguno de los dos, así que no vuelvas a hablar de ellos sin tener ni idea de su vida ni sus circunstancias. Puedes saber su nombre, pero no tienes ni idea de su historia.
Pasaron unos incómodos segundos de silencio, mientras Carla asimilaba lo que la acababa de decir y yo me tranquilizaba.
-Lo siento.- Dijo en tono √°spero, para mi sorpresa.- Tienes raz√≥n. Es solo…- Le tembl√≥ la voz.- Cuando tu madre me ha llamado para preguntarme si estaba contigo… Hace unos meses, me habr√≠as contado lo que quiera que te traigas entre manos, puede que incluso te hubiera ayudado. Y sin embargo, ahora he tenido que mentir sin saber ni siquiera por qu√©.
No me esperaba su respuesta, y menos con el tono con que lo dijo. Como si de verdad la hubiese dolido que no hubiese contado con ella desde hacía tanto tiempo.
-Supongo que cuando ya te han fallado tantas veces, cuesta volver a confiar en las personas…- Respond√≠ encogi√©ndome de hombros.- Y cuando te han decepcionado tantas veces por esperar demasiado de ellas, cuesta creer que hay gente que s√≠ que est√° ah√≠. Para todo.
-Miriam…
-Si quieres, quedamos en diez minutos en la plaza de al lado de tu casa. Si de verdad quieres oír lo que tengo que contarte.
-Claro.- Respondió con convencimiento, aliviada en cierto modo.
Colgu√©. Ten√≠a gracia. Para un d√≠a con el que me despertaba con el prop√≥sito de olvidar… Y precisamente por ello, acababa confi√°ndoselo todo a alguien m√°s.
Por el camino a la plaza, dud√© un par de veces. La √ļltima persona a la que se lo hab√≠a contado, me hab√≠a llamado loca y hab√≠a salido corriendo. Y otra hab√≠a acabado en coma.
Tal vez no era buena idea. De cuatro personas a las que se lo había confiado, dos habían salido mal parados.
Sin embargo, intenté convencerme de que con Carla sería distinto. Tenía que serlo.
En el fondo, sabía que lo que quería era un consejo. Necesitaba alguien que me dijese que todo iba a salir bien, que todo iba a arreglarse, y que nada de esto era culpa mía. Aunque supiese que era mentira. Necesitaba convencerme de ello, aunque solo fuera por unos segundos.
Alguien que me dijese cómo actuar, qué hacer para no cagarla, como de costumbre. Era la primera vez que me encontraba en una situación de este calibre, y tenía la sensación de que todo lo que hacía, no hacía más que empeorar las cosas.
Llegué a la plaza. Carla estaba esperándome sentada en un banco.
-Buenos días.- Saludé con dos besos, tras dudar un momento.
-Buenos días.- Respondió. Ella tampoco parecía demasiado cómoda.
-¿C√≥mo est√°s?- Pregunt√©, m√°s por educaci√≥n que por inter√©s.
-Bien, supongo. Pero no es de mí de quien tenemos que hablar.
Suspiré.
-Carla, antes de nada, tengo que decirte que lo que tengo que contarte no… Bueno, no te lo vas a esperar, eso seguro. Y que puede ponerte en peligro.- Abri√≥ la boca, pero antes de que dijese nada, segu√≠ hablando.- Ya s√© que suena raro, pero cr√©eme que es as√≠. Y una vez que lo sepas… Pueden cambiar algunas cosas, y te aseguro que no a mejor.
Me mord√≠ el labio inquieta. Tal y como se lo hab√≠a planteado, ni yo me lo pensar√≠a. Pero hab√≠a hecho un trato conmigo misma. Quer√≠a cont√°rselo. Necesitaba cont√°rselo a alguien que me ofreciese una soluci√≥n real, en lugar de criticarme o sentir l√°stima por m√≠. Pero antes deb√≠a advertirla sobre las posibles consecuencias. Y si a√ļn as√≠ aceptaba, no habr√≠a m√°s vueltas que darle. Ya sabr√≠a a lo que se enfrentaba.

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