jueves, 5 de marzo de 2015

Capítulo XXXV



Por la ventanilla, vi como la estaci√≥n se hac√≠a m√°s y m√°s peque√Īa. Y seg√ļn me iba alejando, me iba dando cuenta de la locura que estaba cometiendo.
Yo sola en Madrid, sin el permiso de mis padres, y después de haber estado semanas desaparecida en verano. Y además probablemente me perdería clases.
Menudo lío.
Volví a centrar la mirada en el vagón. Me había sobrado algo de dinero, pero prefería no gastarlo de momento, puede que me hiciera falta en Madrid.
Me costaba creer que en unas horas iba a volver a ver a Sara y a Jake, y a Daniel.
Cada vez que pensaba en este √ļltimo, una horrible sensaci√≥n de culpabilidad me envolv√≠a. Y dentro de nada estar√≠a de nuevo junto a √©l.
Aunque él no fuera a darse cuenta, pensé amargamente.
Me vibró el móvil en el interior de la mochila. Los saqué sin demasiado interés y observé la pantalla. Genial. Se me estaba acabando la batería.
Suspiré resignada y guardé de nuevo el móvil en su sitio. Después coloqué la mochila en el departamento que había debajo de mi asiento y me acurruqué junto a la ventana. Me esperaba un viaje muy largo, así que lo mejor que podía hacer era dormirme a ver si descansaba un poco.
*    *    *
Cuando por fin entramos en la Comunidad de Madrid, hacía mucho rato que me había despertado. No había dormido casi nada, estaba demasiado nerviosa para ello. A la emoción de volver a ver a estos, había que sumarle el hecho de que probablemente mis padres ya estarían desquiciados, allí en Galicia. Me mordí el labio.
Por fin entramos en Atocha. Hab√≠a venido varias veces, as√≠ que conoc√≠a bien la estaci√≥n. No estaba demasiado lejos de la casa de Jake, as√≠ que pod√≠a ir ah√≠ a informarle de mi idea de venir a Madrid a √ļltima hora, y pedirle que me cargara el m√≥vil. Solo me faltaba eso, quedarme incomunicada a 500 y pico kil√≥metros de casa.
Salí de Atocha a paso ligero mientras tomaba la dirección de la calle Canarias. En Galicia, sería considerado una kilometrada, pero aquí estaba a dos pasos.
Era algo que odiaba de Madrid. Demasiado grande, demasiada gente. Para un fin de semana estaba bien, pero para el día a día podía ser un suplicio, y más si ibas con prisas. Y a mí no me sobraba tiempo precisamente.
Casi me choqu√© con un chico con pinta de universitario que cruz√≥ la esquina a toda prisa. Par√© en seco mientras soltaba un improperio en voz baja. √Čl ni se digno a mirarme.
Ser√° borde.”
Seguí andando durante un rato que se me hizo eterno entre la gran multitud que abarrotaba las calles. Cuando alcancé el portal de la casa de Jake, estaba acalorada por el agobio que implicaba andar por Madrid cuando quedaba poco para Navidad.
Entonces me detuve repentinamente. ¿Y en qu√© piso viv√≠a Jake?
Con un gesto de fastidio, rebusqué en mi mochila hasta dar con mi móvil. Me quedaba menos de un 10% de batería. Con un poco de suerte, me daría de sobra para hacer la llamada.
Marqu√© el n√ļmero, que ya me sab√≠a de memoria, y me qued√© a la espera de que lo cogiese.
Me mord√≠ el labio con fuerza cuando salt√≥ el contestador. “Mierda”.
Rápidamente colgué desalentada. Me quedé quieta un par de segundos y proseguí a llamar a Sara. Crucé los dedos de la mano que me quedaba libre.
Sonaron varios pitidos antes de que contestase.
-¿Diga?
-Sara, no sabes cu√°nto me alegro de o√≠rte. ¿D√≥nde est√°s?
-Esto, muchas gracias, yo tambi√©n supongo.- Dijo tras unos segundos de desconcierto.- Estoy en Madrid, ¿d√≥nde voy a estar? Es domingo.
-No, me refiero a en qué parte de Madrid. Ya sé que es domingo. Pero yo también estoy aquí.
-¿Perd√≥n?
-He venido a Madrid en tren.
Por un momento pensé que había colgado, pero enseguida volví a oírla al otro lado de la línea.
-¿Qu√© has hecho qu√©?
Noté que me sonrojaba un poco. Yo misma era consciente de lo loco que parecía conociendo la historia entera, Sara debía de estar alucinando.
-Cog√≠ un tren esta ma√Īana, en Galicia. He llegado hace un rato, y he venido al portal de Jake, pero no sab√≠a el piso y no me coge el tel√©fono.
-No puedo creerlo.- Dijo separando mucho las palabras.- ¿C√≥mo has convencido a tus padres para venir?
-Bueno, t√©cnicamente, no les he convencido…
-¡¿No saben que est√°s aqu√≠?!
-No, a ver, me imagino que lo deducir√°n pronto, esta ma√Īana le ped√≠ permiso a mi padre para venirnos, y me dijo que no, y despu√©s yo me fui de casa enfadada. Supongo que no tardar√°n en hacerse a la idea.
-¿Eres consciente de que vas a estar castigada por el resto de tu vida?
Desvié la mirada impaciente.
-Con un poco de suerte estar√°n demasiado preocupados como para enfadarse. Adem√°s… Necesito ver a Daniel. Y va a acab√°rseme la bater√≠a en nada. ¿Podemos quedar en alg√ļn sitio ahora?
-¿Llevas dinero?- Pregunt√≥ finalmente, tras un suspiro de resignaci√≥n.
-Sí.- Afirmé, complacida conmigo misma por haber hecho al menos eso bien.
-Muy bien. Coge el metro. ¿Sabr√°s encontrar una boca de metro por all√≠ cerca, no?- No esperaba que la respondiera.- Puedes mirar en un mapa de l√≠neas cual te deja m√°s cerca del hospital. Es el hospital puerta de hierro, ¿vale?
-Esto, claro…- Asent√≠ memorizando el nombre.
-Perfecto, yo te esperar√© all√≠. A√ļn me queda un asunto sin importancia que resolver, pero de todos modos, llegar√© antes que t√ļ. Nos vemos luego. Y que conste que lo que has hecho es una locura, y que si me preguntan, yo dir√© que no sab√≠a nada.-Me advirti√≥, muy seria.
-Vale.- Respondí.
Antes de que me diese tiempo a colgar, se me apagó el móvil. Cada vez se le acababa antes la batería. Al menos me había dejado hacer la llamada.
Miré a mi alrededor para orientarme mejor. Tenía que encontrar una boca de metro.
Tras dar un par de pasos en direcci√≥n desconocida, decid√≠ que acabar√≠a antes si le preguntaba a alguien. Y eso iba a hacer cuando vi una extra√Īa sombra meterse r√°pidamente en un portal.
Me encog√≠ de hombros y busqu√© a una persona  con una pinta m√°s o menos decente a la que preguntarle, lo cual, a pesar de que las calles estaban llenas, era dif√≠cil. La mayor√≠a de la gente, iba con prisas y de mal humor, y cualquiera se acercaba. Adem√°s, tambi√©n hab√≠a un importante porcentaje de gente con una pinta de “m√°s te vale no acercarte”.
Finalmente me acerqu√© a una chica de unos veinte a√Īos que parec√≠a estar esperando a alguien.
-Perdona, ¿sabes d√≥nde hay una boca de metro por aqu√≠?
-Claro, solo tienes que cruzar la esquina.- Se√Īal√≥ con la mano.- Y continuar por esa calle. Hay una boca del metro al final de esta, en la acera de tu izquierda.- Acab√≥ de explicar, con una amable sonrisa.
-Muchas gracias.
-De nada. Suerte.- Sonrió.
La devolví la sonrisa y me alejé en la dirección que me había indicado. Daba gusto dar con gente tan maja.
No tard√© en encontrar la boca de metro que me hab√≠a se√Īalado. No estaba muy lejos de donde estaba.
Bajé las escaleras y fui directa a las máquinas que había para sacar billetes. Por suerte había una libre. Rebusqué en la mochila para coger la cartera mientras tarareaba la canción que estaba sonando por los altavoces.
*    *    *
Sara sali√≥ de su casa nada m√°s terminar de hablar con Miriam. Hecha un manojo de nervios, se dirigi√≥ con expresi√≥n de preocupaci√≥n al lugar que √ļltimamente protagonizaba sus pesadillas.
Era consciente de que lo que estaba haciendo era imperdonable, pero no le quedaba otra. O al menos eso la había hecho creer.
Llamó a la puerta, aunque por experiencia sabía que era imposible cogerle por sorpresa. No tardó nada en abrirla.
-¿C√≥mo t√ļ por aqu√≠?- Pregunt√≥ √©l con una petulante voz que no hac√≠a m√°s que irritar a Sara. Iba vestido entero de negro, para variar, y ten√≠a varios mechones de su descuidado cabello cay√©ndole sobre el rostro.
-Miriam está aquí.- Respondió Sara, con voz seca. Sabía que no valía la pena andarse con rodeos. No teniendo en cuenta las circunstancias.
Pasaron unos segundos de absoluto silencio.
-Lo s√©. Y supongo que ya habr√° contactado contigo, ¿me equivoco?
-Me ha llamado hace un rato.
-Muy bien. Quiero que me informes de cada palabra que te diga, ¿est√° claro?
Asinti√≥ sin convencimiento mientras por dentro pensaba en mil formas de matarle. Era consciente de lo extremista que pod√≠a parecer, pero realmente lo odiaba. Por lo que √©l mismo har√≠a  y por lo que la obligaba a hacer a ella.
-Lo haré.
-Antes de que te marches, quisiera mostrarte algo.
-He quedado ahora con Miriam.- Replicó ella, dudosa.
-No es una opción, querida.- Repuso con una amplia y odiosa sonrisa.
Con unas ganas tremendas de patearle, Sara le sigui√≥ por un oscuro corredor.  Las austeras paredes le impon√≠an un extra√Īo respeto, como el resto de la casa. De hecho, nunca hab√≠a llegado m√°s lejos de la entrada.
Se detuvieron frente a una enorme puerta de madera de roble casi negra. Hab√≠a un candado gigante que imped√≠a la entrada, pero √©l lo manipul√≥ en cuesti√≥n de segundos, sin ning√ļn tipo de esfuerzo. Aunque no sorprendi√≥ a Sara. A estas alturas, hab√≠a pocas cosas que la pillaran desprevenida.
El interior de la sala parecía una sala de experimentos. Inquieta, Sara observó a su alrededor.
-¿Qu√© es esto?
-Bienvenida a mi laboratorio. Aquí es donde hago mis deliciosos experimentos, pero no temas, jamás he fallado en nada. Yo lo llamo prudencia, aunque hubo una persona que un día lo llamo cobardía.- Por un instante, una expresión de dolor le recorrió. Pero fue tan fugaz que Sara dudó haberlo imaginado.
-¿Experimentos?
-Querida, ¿crees que llegar hasta donde estoy yo se consigue leyendo cuatro libros?- Neg√≥ con la cabeza, condescendiente.- Es algo m√°s que esto. “Todo conocimiento aut√©ntico nace de la experiencia directa”- Cit√≥.- Mao Zedong.
-La experiencia no tiene valor ético alguno, es simplemente el nombre que le damos a nuestros errores.- Replicó Sara.- Oscar Wilde.
La dirigió una mirada hostil y se dio la vuelta sin darle mayor importancia a su comentario.
-Y tambi√©n es donde guardo… Bueno, cosas para intercambiar.
-¿Por ejemplo?
-J√ļzgalo t√ļ misma.
Descorri√≥ una tela con habilidad para dejar al descubierto una horrible jaula de metal. Sara se qued√≥ petrificada al distinguir a un chico de unos 17 a√Īos en su interior.
-Dios mío.
-En realidad, no pasa de √°ngel. Ni siquiera merece llamarse as√≠.- Repuso encogi√©ndose de hombros.- Apuesto a que ni siquiera sabes qui√©n es, ¿me equivoco?
-Solo es un chico.- Respondi√≥, a√ļn con la boca abierta por el horror.
Puso los ojos en blanco.
-Detesto esa irritante man√≠a de los mortales por solidarizaros y sentir l√°stima de personas a las que ni siquiera conoc√©is, personas que puede que en su d√≠a a d√≠a se dediquen √ļnica y exclusivamente a amargar vidas ajenas.
Sara se quedó desconcertada unos segundos.
-Es una persona, como t√ļ o como yo. Pero t√ļ… T√ļ le has quitado incluso eso. Lo √ļnico que tenemos. Libertad.
-Vaya, qu√© profundo. Me impresiona proviniendo de una persona capaz de mentir como lo est√°s haciendo t√ļ, Sara.- Respondi√≥ con un tono hiriente. Y sus palabras surtieron efecto.
-No me queda otra opción.- Se defendió con desolación.
-Siempre hay opciones, nunca olvides eso. Vamos aprendiendo a verlas con el paso del tiempo. No te angusties. En el fondo todos los humanos son unos egoístas y unos mentirosos por naturaleza.
-Eso no es cierto.- Replicó enseguida.
√Čl se encogi√≥ de hombros.
-Y no creo que sea correcto compararme contigo o con este chico. No olvides que soy mil veces superior a ti y que podría matarte en una centésima de segundo si quisiera.
Sara apretó los dientes. Habría replicado de no ser porque ya había recibido una demostración de su poder una vez, y no dudaba de que fuese capaz de actuar si le molestaba demasiado.

Sara estaba saliendo del conservatorio, con la guitarra metida en la funda apretada contra su pecho. El cielo estaba tronando, y diluviaba.
Con paso apresurado, cruzó la esquina y comenzó a meterse por un callejón para atajar el camino hasta su casa. No era plan de dar un rodeo, aunque estas calles la inspiraban cierta desconfianza.
Fue entonces cuando divis√≥ una extra√Īa sombra inclinada en el suelo, sobre un bulto m√°s o menos grande.
Enseguida se la disparó la adrenalina y apretó con más fuerza la guitarra contra sí. Desconfiada siguió avanzando por el callejón.
De repente, la figura se incorporó rápidamente, sobresaltándola. Y fue entonces cuando se encontraron sus miradas.
Primero no le reconoci√≥, √©l ten√≠a la capucha calada sobre la cabeza, y con la poca luz que hab√≠a apenas se le distingu√≠a el rostro. Pero √©l esboz√≥ una extra√Īa sonrisa nada m√°s verla.
-Qué casualidad, querida Sara. No esperaba volver a verte tan pronto. Me siento tremendamente afortunado.- Saludó con su característica voz melosa.
-¿Qui√©n eres?
-Me duele que me hayas olvidado tan pronto, querida. No ha habido d√≠a en que yo  no haya pensado en ti, o en tus queridos amigos, Marcos y Miriam. Apuesto a que a ellos s√≠ les recuerdas, ¿me equivoco? Puede que incluso les eches de menos, a pesar de todo.
-¿Qui√©n eres?- Pregunt√≥ Sara una vez m√°s, cogiendo su guitarra de tal forma que estuviera a punto para golpearse si se volv√≠a necesario.
Como si no la hubiese oído, siguió hablando, perdido en sus recuerdos.
-Se me está ocurriendo una idea. Sígueme, querida.
-No pienso ir a ning√ļn sitio con usted.- Se neg√≥ Sara rotundamente, preparada para alejarse en la direcci√≥n contraria.
Entonces, él puso los ojos en blanco y chasqueó los dedos. Ante ellos, apareció la visión del dormitorio de Jake, que estaba concentrado en un videojuego de la play. Sara sintió como se la aceleraba el corazón.
-T√ļ.- Le mir√≥ reconoci√©ndole con un creciente horror.- No te acerques a Jake. √Čl no ha hecho nada.- Impuso en un tono que trataba ser confiado, aunque son√≥ m√°s bien algo desesperado.
-No te preocupes. √Čl estar√° a salvo si colaboras conmigo.- Iba a replicar, pero √©l levant√≥ un dedo indicando que esperase.- De lo contrario, no ser√° solo Jake el que se vea afectado. Mi poder va m√°s all√° de Miriam, Marquitos, tu familia…
Pasaron unos segundos de inquietante silencio.
-¿Qu√© debo hacer?

-¿Qui√©n es el chico?- Pregunt√≥ Sara tras respirar lentamente, calm√°ndose.
√Čl la mir√≥ malicioso.
-¿Tu querida Miriam no te ha hablado nunca de Samuel?

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