martes, 14 de abril de 2015

Capítulo XLIII



Y sin saber cómo, ni quién fue el primero en acercarse, de repente nos estábamos besando.
Durante esos momentos, no existía nada más. Solo él y yo.
Hundí mis dedos entre su pelo, y él me abrazaba de la cintura, apretándome más contra él. Llevábamos tanto tiempo echándonos de menos sin querer admitirlo, que era como si estuviésemos ahogándonos y los labios del otro fuesen el aire que necesitábamos para respirar.
-Miriam.- Susurró Marcos, colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja. Como si simplemente le gustase como sonaba el nombre en sus labios.
Fui bajando la mano por su mejilla, como si quisiese aprenderme de memoria las formas de sus facciones.
-Marcos.
Y de repente comenz√≥ a sonarme el m√≥vil en el bolsillo. Creo que a partir de ese momento, odiar√≠a la canci√≥n de “Love me like you do” solo por eso.
Repentinamente cohibida, saqué el móvil del bolsillo y respondí a la llamada.
-¿S√≠?
-Miriam, lo primero, siento llamarte ahora. No sé si interrumpo algo, pero era de vital importancia.- Puse los ojos en blanco al oír a Jake al otro lado de la línea. Era para matarle.
-Cuéntame.
-Ha venido un chico que dice llamarse Sam y que preguntaba por ti. Parecía bastante alterado.
Mis sentidos se pusieron alerta inmediatamente. ¿¡Hab√≠a venido Sam!?
-¿D√≥nde est√°? ¿Seguro que se llamaba Sam? Dios m√≠o, Jake, ¿c√≥mo era?
-Eso dec√≠a, pero ah√≠ est√° el problema. Irene se ha ofrecido amablemente a acompa√Īarlo a buscaros. No me preguntes c√≥mo, pero sab√≠a que hab√≠as ido a buscar a Marcos. Y el chico era alto, como rubio casta√Īo, parec√≠a tener nuestra edad m√°s o menos.
De repente, estaba card√≠aca. Era Sam. Ten√≠a que ser Sam. ¡Pero era imposible! Tragu√© saliva alterada.
-Gracias, Jake, no sé qué haría sin ti.- Contesté en tono sincero.
-No las des.- Respondi√≥ cohibido.- Y mucha suerte. ¿Quieres que vaya, o necesitas algo?
-Necesito que alguien mate a Irene, pero hay alguna ley que lo prohíbe. No te preocupes, me las arreglaré. Gracias.
Colgué el teléfono con la mano temblándome de puro nervio. No podía ser. No ahora.
-¿Est√°s bien?- Marcos se acerc√≥ a m√≠ con el ce√Īo fruncido de preocupaci√≥n.
-Estoy bien.- Respondí con la garganta repentinamente seca.
Marcos levantó una mano con delicadeza, como a la espera de ver mi reacción, y agarró un mechón de mi pelo, dándole vueltas entre sus dedos.
-No sabes cu√°nto te he echado de menos. Todo este tiempo…
Se cortó sorprendido cuando me retiré un poco, alejándome lo suficiente para evitar que me tocara. Me sentía como si estuviese traicionando a alguien dejándole.
-Marcos, hay algo que debo decirte.
-Miriam, sé lo mal que lo has pasado, no sabes lo miserable que me siento por lo que te he hecho pasar estos meses. Pero ahora lo sabes todo. Y sabes que te quiero. Debes saberlo.- Volvió a acercarse y me cogió la mano.
Tuve que bajar la mirada, incapaz de sosten√©rsela. La situaci√≥n estaba empezando a superarme. ¿De d√≥nde sacaba yo fuerzas ahora para hablarle de Sam?
Miré hacia otro lado buscando una explicación, cuando de repente le vi a lo lejos. Después de llevar semanas buscándole sin descanso, le habría reconocido en cualquier sitio.
Volví a soltarme y me giré bruscamente hacia la calle por la que venían Irene y Sam.
Incapaz de apartar la mirada, observ√© la expresi√≥n de cari√Īo de Sam, que me miraba fijamente, y de refil√≥n la cara de maldad de Irene, a la que me limit√© a ignorar.
-Miriam.- Sam me sonrió tiernamente hasta que se acercó lo suficiente como para tocarme.
-Madre mía. Creí que no volvería a verte.
Su sonrisa se hizo un poco más amplia y me envolvió con sus brazos en un reconfortante abrazo. O al menos lo habría sido de no ser porque estaba Marcos justo detrás.
Me volv√≠ sin tener ni idea de qu√© iba a decir, pero ya no estaba ah√≠. Igual que hizo en la laguna de Doni√Īos, hab√≠a vuelto a desaparecer.
-¿Estabas preocupada?- Inquiri√≥ Sam sin dejar de abrazarme.
-¿Est√°s de broma?- Repliqu√© en tono de incredulidad.
Soltó una carcajada alegre, ante la descompostura de Irene, que observaba la escena sin saber dónde meterse. Supongo que habría esperado una escena de broncas características de un triángulo amoroso, y se había quedado claramente desilusionada al ver que Marcos no estaba conmigo. Yo misma lo había temido.
Sin soltarme, Sam se inclinó más hacia mí, hasta casi juntar sus labios a mi oreja.
-Pero ya estoy aquí. Ahora, hazme un favor y sonríe.
Y sin poder evitarlo, esbocé una sonrisa tonta al oírle. Ahora sí se separó un poco, devolviéndome la sonrisa.
-¿Ya no sigues enfadado?
-No podría estarlo. Y menos cuando me enteré de que todo este tiempo habías estado buscándome.
-No pod√≠a limitarme a asumir que hab√≠as desaparecido sin dejar rastro. ¿Qu√© te ocurri√≥? Nadie sab√≠a absolutamente nada de tu paradero.- Observ√© de reojo que Irene llamaba a alguien y se alejaba por la calle, visiblemente inc√≥moda.
-Un ángel me secuestró.- Apretaba la mandíbula, igual que hacía Marcos cuando algo no le gustaba.- Nada más escapar, vine a buscarte. No podía soportar que estuvieras un segundo más pensando que seguía enfadado contigo. Y por lo menos con esto he comprobado que te preocupaste por mí. Siento todo lo que te dije ese día.
Ahora era yo la que me sentía mal. Busqué con la mirada a Marcos. No sabía dónde ni cómo, pero estaba segura de que estaba enterándose de toda la escena. Y encima Sam agradeciéndome haberle buscado, y preocuparme por él cuando dos minutos antes estaba besando al otro.
-No hay nada que tengas que sentir.- Repuse con tono amargo.
-No digas tonterías, claro que lo siento. Me equivoqué. Y lo que más siento es que por culpa de eso fue que me encontró ese ángel.
-¿Qu√© quieres decir?
-Miriam, soy un √°ngel ca√≠do. Llevo si√©ndolo desde los 14 a√Īos o as√≠. No s√© hasta d√≥nde sabes, pero a m√≠ y a los que son como yo, nos buscan para matarnos. Por eso todos acaban huyendo antes o despu√©s a la isla de los √°ngeles ca√≠dos, perdida en un punto indefinido del atl√°ntico. Y solo los que son como yo pueden encontrarla.
-Un ángel caído.
Claro. Por eso le habían abandonado, para no ponerse en peligro a sí mismos. Aunque no pude evitar sentir una punzada de celos hacia la chica que le había convertido en esto. Por muy poco justificado que estuviera.
-S√≠. El √°ngel que me secuestr√≥, me encontr√≥ porque el d√≠a que lo dejamos, me puse a hacer ciertas temeridades… No es algo que valga la pena recordar, ahora me siento un est√ļpido.
-¿C√≥mo escapaste?
-Con la ayuda de una chica, no recuerdo ahora su nombre. La hab√≠a visto en m√°s ocasiones, aunque estaba demasiado d√©bil para prestarle demasiada atenci√≥n. Acud√≠a regularmente a ver al √°ngel y le transmit√≠a informaci√≥n.- Pronunciaba la palabra “√°ngel” con un odio contenido que casi me hac√≠a estremecerme.- Informaci√≥n sobre ti. Me enter√© de algunos retazos sueltos.
-¿Qu√© informaci√≥n?- Pregunt√© alarmada. ¿Alguien m√°s me hab√≠a estado vigilando?
-Tu situación, cosas de tu familia, y también de tus sentimientos. Le contaba que me estabas buscando. Fue por ella por quien lo supe.
-Ni siquiera sospechaba que hubiese nadie espiándome.- Comenté, más para mí misma que para que lo oyese.
-No sé muy bien cómo, pero estoy seguro de que lo hacía. Pero parece que hubo un momento en el que no aguantó más. Recuerdo perfectamente que era ya muy entrada la noche, en la sala donde estaba, había un ventanuco por el que entraba algo de luz. Ese día la luna estaba casi llena, y muy brillante, dándole un halo de misterio a todo. Entonces entró ella en la sala, muy nerviosa y asustada.- Se quedó pensativo unos instantes.
-¿Te dijo algo?
-Mascullaba sin parar, con los ojos enrojecidos y la cara descompuesta. Cuando por fin consiguió soltarme, me miró a los ojos y se quedó callada unos segundos. Recuerdo que no sabía muy bien qué hacer. Entonces empezó a hablar atropelladamente.- Me miró fijamente.- Me habló de ti. Dijo que me estabas buscando, que tenía que entenderte. Que eras una de las mejores personas que había conocido, y que te dijera que lo sentía, que sentía haber ayudado al ángel. Y que a pesar de todo se alegraba de que no tomases el elixir.- Le miré confusa y enseguida se explicó.- Dijo que se alegraba de que no hubieses bebido aquel chocolate. Te había puesto dentro una poción, aunque no estoy seguro de cómo te afectaría.
-Me inhibir√≠a los poderes.- Dije en un susurro, perdida en mis pensamientos. Ahora lo de Daniel empezaba a cobrar m√°s sentido.- ¿C√≥mo, chocolate?
-Al parecer te lo hab√≠a puesto en una taza de chocolate caliente. Ser√≠a la camarera, o…
De repente, comencé a atar cabos, y pronto di con la respuesta, horrorizada.
-Sam, ¿la chica se llamaba Sara?
Asintió dándose un golpe en la frente, como si lo hubiese tenido en la punta de la lengua y no le hubiese salido.
-¡Eso! Me sonaba de hab√©rselo o√≠do al √°ngel cuando hablaba por tel√©fono con ella, pero era en los d√≠as m√°s d√©biles, y no me enteraba de mucho. Ella no me dijo su nombre cuando me sac√≥ de all√≠, pero estoy seguro de que es la misma chica.
-Sam, a pesar de todo. ¡Est√° en peligro!- Exclam√© visiblemente alterada. Ante su expresi√≥n de desconcierto, le expliqu√©:- Sara es una amiga m√≠a, la conozco desde que tengo uso de raz√≥n. ¡Tenemos que encontrarla!- Hist√©rica, mir√© de un lado para otro, sin saber por d√≥nde empezar a buscar. ¿C√≥mo pod√≠a haber estado tan ciega?
-No lo sab√≠a.- Dijo, anonadado.- De haberlo sabido, no la habr√≠a dejado all√≠. ¿Es de aqu√≠?
-Vive en Madrid. Pero está aquí, estaba con mis amigos hace un rato, en el polideportivo. Seguramente esté en su casa ahora. Vamos allí.
Y sin esperar su respuesta, eché a correr hacia la casa de Sara.
-Estoy empezando a estar desentrenando.- Sam se apoyaba en la pared tratando de recuperar el aire mientras yo llamaba al timbre hecha un manojo de nervios.
No le contest√©, distra√≠da en asomarme por la ventana del sal√≥n para ver si ven√≠a alguien. ¿¡Por qu√© no me abr√≠an!?
-¡Sam, no abren!
Se encogió de hombros inquieto.
-Puede que no haya nadie.
-Sara había venido aquí.- Repuse desesperada, volviendo a llamar al timbre.- Vamos a entrar por la puerta de atrás, sé dónde guardan una llave para emergencias.
-¿Nos vamos a colar en su casa?- Inquiri√≥, m√°s por curiosidad que porque le supusiese ninguna molestia.
Sin esperarle, corrí hasta la puerta de atrás, que daba al patio de su casa. Sin perder tiempo, tanteé con las manos debajo del jarrón donde estaría la llave. Suspiré aliviada cuando di con ella.
-La tengo.- Murmuré apresurada.
Abrí la puerta y entré en la casa sin demasiados miramientos, seguida de Sam, que miraba de un lado a otro para comprobar que nadie nos estaba viendo.
-¿Has pensado que su familia puede molestarse porque entres de esta forma, sin  avisar?
-Eso no tiene demasiada prioridad ahora.- Repliqu√©.- ¡Sara!- La llam√© sin alzar demasiado el tono de voz.
-No parece haber gente.
Negué con la cabeza y me puse a mirar por las habitaciones de la planta baja. El salón, la cocina, incluso el estudio de su padre.
-¡Sara!- Volv√≠ a llamar, esta vez m√°s alto. Sin embargo, tampoco hubo respuesta.
-Miriam, tal vez deberíamos buscarla por otro sitio.
-¡¿D√≥nde?!- Pregunt√© casi gritando. Me sostuvo la mirada, y finalmente solloc√©, desvi√°ndola hacia otro lado.- Lo siento.
-Ven aqu√≠, anda.- Me abraz√≥ cari√Īosamente.- No pasa nada, ¿vale?- Se separ√≥ un poco y me sonri√≥.- Vamos a encontrarla sana y salva, te lo prometo.
Asentí cerrando los ojos, tratando de creérmelo.
-Gracias.
-Es lo mínimo que podría hacer, Miriam.
-Miremos arriba.- Propuse tras unos segundos.
Asintió y subimos al piso de arriba, yo delante y el detrás, vigilando que no entrase nadie y nos pillase.
-Mira t√ļ por all√≠.- Dijo cuando terminamos de subir las escaleras.- Yo ir√© mirando por estas habitaciones. Si encuentras algo, grita.
Nos dividimos sin m√°s dilaci√≥n, y me puse a recorrer las habitaciones de mi lado apresuradamente. La √ļltima era su dormitorio. Y all√≠ tampoco estaba.
Sin saber qu√© hacer, me sent√© en la cama apretando los pu√Īos.
Ojal√° Sara estuviese bien. Ten√≠a que estarlo. ¿Por qu√© toda la gente que quer√≠a acababa en peligro por mi culpa?
El cuarto de Sara estaba pulcramente ordenado, como siempre: la cama perfectamente hecha, toda la ropa bien doblada en el armario, los l√°pices dentro de sus botes, los papeles del escritorio bien colocados…
Sobresaltada me levanté de golpe al ver algo en lo que no había reparado antes. Entre los papeles, distinguí un austero sobre plateado.
Casi temblando, lo abrí temerosa de lo que pudiera encontrar. Era idéntico al que me mandaron en Galicia.
¿De verdad cre√≠ste que no te encontrar√≠a? No te consideraba tan ingenua querida.
Te dar√© una √ļltima oportunidad de suavizar tu falta. En la cueva de los osos antes de las 7.
Saqué mi móvil del bolsillo inmediatamente. Eran las ocho menos cuarto.
-¡Sam!- Llam√© en tono agobiado, sin soltar la carta.
Apareció por la puerta en cuestión de dos segundos, preocupado.
-¿Qu√© ha pasado?
-Mira esto.- Le tendí la carta hablando en tono urgente.- Es de la misma persona que te secuestró, estoy completamente segura. Hay que encontrarla.
-No es una persona. Una persona no controla a quién ama.- Murmuró tan bajo que más bien era para sí mismo que para que yo le oyera.
-La cueva de los osos est√° al norte, en el bosque. En realidad no es una cueva, sino una especie de b√≥veda de muy poca profundidad que est√° situada en un claro. Est√° algo lejos.- Expliqu√© echando un vistazo por la ventana de Sara. No se ve√≠a a nadie por la calle a√ļn, pero m√°s nos val√≠a bajar con cuidado y a no mucho tardar.
-En ese caso no hay tiempo que perder, ¿no?- Se encogi√≥ de hombros.- Te sigo.
Asentí, y sin dejar la carta, eché a andar seguida de Sam hacia la cueva de los osos.
Por el camino, Sam charlaba sobre temas sin importancia, mientras yo andaba ensimismada concentrándome en la ruta más corta a seguir. Hacía muchísimo que no iba allí, era un sitio bastante umbrío, no era demasiado agradable para estar o pasear.
Cuando llegamos, Sam estaba sin aliento. Le miré con gesto de preocupación.
-¿Est√°s bien?
-Sí, sí. Es solo que me quedé algo debilitado desde que estuve encerrado por el ángel.
No muy convencida, me encogí de hombros y me giré para inspeccionar el claro.
Eneas y Sara estaban en el centro, Sara inconsciente a sus pies, y Eneas mirándonos con expresión triunfal. Noté que se me caía el alma al suelo.

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